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Dualidad…

Publicado: 10 febrero, 2017 en (S.R.J.)
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Una moneda de dos caras: tocar fondo y la felicidad. Sólo quien vivió en la oscuridad puede ver lo bello en la vida.

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Dibujo hecho por mi con una aplicación de edición de imágenes. Dibujado con mi dedo como pincel.


Suspiras, sin poder verbalizar las palabras que se pelean por salir ametrallando sin filtro a quienes tienes delante y callas tras volver a suspirar.

Calma, paciencia, calma, paciencia, calma, paciencia, cal… Me repito mentalmente, cerrando los ojos y controlando la respiración para calmar ese pulso que resuena en mis oídos.

Miro un año atrás y todo era muy diferente, por lo menos yo lo era. Sabía quien era, me reconocía, tenía mis más y mis menos pero la felicidad era el perfume que usaba. Sin avisar, un día llegó un inquilino no deseado, intenté resistirme, echarle, pero es de los que vienen para quedarse te guste o no. Sí, hablo del Sr. Alzheimer, no quiero tutearle ya que lucho cada día contra él. Decidió que mi padre era el cuerpo ideal para quedarse a vivir ; la impotencia y la tristeza, de no poder evitarlo me dejaron aletargada, catatónica, llorando todo lo que tenía que llorar cuando nadie me veía. No te puedes permitir estar triste al girar la ruleta.

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Es un dibujo que hice justo unos días después de saber que mi padre tiene alzheimer. Era mi forma de expresar lo que significa esa enfermedad.

Meses extraños buscando información, ayuda sólo para quien puede pagarla. Si vives de alquiler no te adaptan el baño para evitar obstáculos, en cambio si eres propietario te dejan el baño niquelado. Suerte que funcionan tan bien los servicios sociales, no sé a quién, para mi son meros expectros.

De la teoría a la práctica hay un abismo que las separa en vez de acercar, cada persona es diferente al igual que los caracteres y comportamientos. Es vivirlo y tener mucha paciencia, comprensión y cariño. Se me olvidó decir que mi madre también tiene pérdidas de memoria, pequeños lapsus, a nivel de comprensión está más lenta y ver como su marido va perdiendo su esencia, le aterra. Le ha hecho más insegura, vulnerable, no quiere que la visite un neurólogo, así que en vez de uno tengo a dos personas que están cambiando su luz, personalidad. Contestones, caprichosos, desinhibidos verbalmente, de la risa al llanto y enfado pasan en segundos. Y yo, intento estar, hacer todo lo que puedo, pero cuesta, ya que perder la paciencia o exasperarte tras repetir varias veces lo mismo, acabas explotando y gritas, te enfadas, aunque al momento reacciones te has equivocado al gestionarlo: no puedes flaquear.

Los nervios los llevo y durante meses he estado más recluida, encerrada en mi misma, todo por asimilación y también porque ellos se vuelven más indefensos. Surge un egoísmo controlador sobre tu persona, no quieren que te separes de ellos, pero has de vivir, tener tu espacio, válvulas de escape. Ha hecho que me engorde más de 15 kg, no me reconozco no soy yo, he de volver a reencontrarme aunque cuesta.

La familia, ¡bien gracias!, un hermano que no existe, con llamar cada quince días unos minutos se cree el hijo del año. No se puede pedir nada a alguien que tampoco se preocupa de sus hijas y su nieto. Mi hermana si está, es mi compañera en este viaje, aunque le está costando mucho asimilarlo, está siendo mucho más duro para ella, pero se esfuerza y saca entereza. Suerte que me puedo apoyar en ella y en mis amigos. El estar en paro no me ayuda, ya que no tengo horas en las que desaparecer y desconectar, y no quiero llegar a tener el “síndrome del cuidador”, me niego a que me absorba, siendo una cuerpo inexpresivo y depresivo. ¡A mi no!

Por eso cuando me miro al espejo y no me reconozco me enfado porque sé que estoy tras esos kilos de más, tras esa apatía que a veces me abraza, tras la entereza que es mi coraza. Suerte que soy de tomarme con humor las cosas y ver partes buenas de todo lo vivido. Ésta es una enseñanza de amor, de paciencia, de generosidad y de volver a vivir intensamente cada momento que es sólo mío. Ganaré aunque pierda, porque siempre he sido de las que creen que todo se ha de hacer en vida y para poder avanzar tienes que estar tranquilo y reconciliado con tu pasado, sin esquirlas que hagan mirar atrás sangrando ira y dolor.

Ahí estoy, sabiendo que “esa, no soy yo”, pero en breve volveré a reconocerme y eso sólo se consigue con fortaleza y tesón, ya he recuperado algunas viejas costumbres como dibujar, escribir en diferentes redes sociales, salir más con mis amistades, ver películas o series, hacer actividades culturales… Poco a poco, sin olvidar que estoy con ellos y que he de ayudarles.

…No soy yo, porque un velo gris de incertidumbre y desvelo de lo que está por llegar ha querido taparme. Ha llegado el momento de pintarme de nuevo. Mi vida y yo volveremos a ser chispeantes…


Había una pequeña callejuela como tantas otras, quizá no la más bonita, puede que poco conocida. Muchos pasaban de largo, otros la miraban con recelo o envidia, había quienes decidían curiosear, estar un rato o disfrutar de unas cortas vacaciones. Sólo unos pocos quedaban prendados, la hacían crecer añadiendo nuevos y durareros ladrillos , embelleciendo la callejuela, enriqueciendo tu vida.

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Había una vez un espejo que permitía escapar de las tinieblas de uno mismo. Podría ser un cuento más o un viaje en el que adentrarse: una chica, un espejo, miedos, ilusiones, deseos, ganas, tristezas y alegrías.

La mudanza había llegado, tenía dos habitaciones para sus cosas y el resto de la vivienda compartida por horas desencontradas. No coincidiría con su compañero, viajaba y cuando estaba se recluía en su estudio o no paraba en casa. El chollo perfecto de gastos compartidos.

Alicia empezó a desempaquetar, ordenando las cajas que formaban su vida. Al recorrer un pasillo, vio una puerta entreabierta, vacía, con cortinas oscuras y una gran tela que tapaba un objeto. Una extraña y curiosa corriente la hizo avanzar y descubrir ese espejo que la reflejaba en tonalidades más brillantes. -Deberíamos tener un espejo, al que poder entrar y ver nuestra vida desde otras perspectivas-, musitó Alicia embelesada por la belleza de esa olvidada joya.

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Abstraída, al contemplarlo, escuchó el ruido de unas hojas. Se giró mirando intrigada de dónde provenía, todo estaba quieto y vacío a su alrededor, no entendía nada y al volver su mirada al espejo un pequeño conejo con traje imitaba sus gestos. Volvió a taparlo y arrastrándose hacia atrás, mientras se restregaba los ojos, salió del cuarto temblando. -¡Qué coño ha pasado!, ¿habré inhalado algo que me provoca alucinaciones?- Se fue a la cocina a coger una cerveza, no quería pensar en ese suceso.

Pasaron los días y se olvidó de la parte de la casa donde estaba el espejo; al regresar del trabajo leía, miraba alguna película y pasaba muchas horas en su cama, pensando sin pensar nada concreto. Una tarde se dirigía al baño, tenía preparado un baño de espuma relajante, música, un libro y una copa de vino, cuando escuchó: -Alicia, ¿estás ahí?.- La copa resbaló de sus manos haciéndose añicos al tocar el suelo. Estaba sola y si era una broma de su compañero no tenía ninguna gracia. Iba a recoger los cristales cuando volvieron a repetirse las mismas palabras, venía de la habitación del espejo. Con pasos silenciosos fue hasta allí; decidida destapó el espejo, en vez de su reflejo volvió a ver al conejo trajeado. Esta vez se acercó, sentada en el frío suelo quería dejarse llevar por su mundo de color, fue a tocar lo que se veía como un cristal y una fuerza la trasladó al otro lado.

Veía la habitación en penumbra en la que hasta hace unos segundos estaba sentada, ahora hierbas y flores acariciaban sus pies. Olía a vainilla, naranjas, jazmín, moras y demás aromas dulces que no lograba identificar. Seguía con su pantalón de pijama y camiseta rota, le daba igual, aquella era ella sin necesidad de fingir ni crear un personaje que gustase a la sociedad. Vio un caballete, pinturas y pinceles, en medio un lienzo con la silueta de una chica estirada en la cama. Le resultaba familiar, esos muebles, libros, ropa de cama eran los suyos. El rostro no estaba acabado, mas unas lágrimas rodaban por él. Su realidad no le gustaba, mientras una punzada atravesaba su corazón. Suspiró.

Dirigiéndose al conejo le preguntó: -¿Lo has pintado tú?-. Con una sonrisa y mirando el reloj de bolsillo, le guiñó mientras contestaba:-No, querida, es tu subconsciente quien pinta las escenas que no le gustan de tu vida. Yo sólo le guardo los cuadros. Se está haciendo tarde, vayamos a tomar un té-, mientras le indicaba el sendero que debían tomar.

Era raro, pero se sentía cómoda, tranquila mientras observaba aquel encantador lugar. Tras unos arbustos una gran mesa llena de dulces, frutas, bebidas y un peculiar hombrecillo. Llevaba un sombrero de copa arrugado por un lado, a juego del colorido y desastroso traje que le vestía. Con voz acelerada, tics en sus ojos y su boca les ofreció un asiento como buen anfitrión. Mirando a Conejo, le increpó mientras servía té y café en tazas desconchadas. -Conejo, tendrías que haberme avisado de la visita de Alicia, me hubiera puesto el traje de gala, ha sido muy desconsiderado por tu parte-, mientras pasaba de largo la taza del conejo. Alicia, intentando distendir el momento abrió la boca: -Disculpe caballero, no lo sabía ni él, ¡mire cómo voy vestida! Voy descalza, con una coleta medio deshecha, pantalones de pijama y una camiseta rota ¿y qué más da?- Mientras hacía una reverencia encima de la mesa. Las risas estallaron y el Sombrerero agradecido por su naturalidad le besó la mano.

Los minutos, horas, días y semanas trascurrían de manera diferente en este lado del espejo. Viajó por diferentes ciudades, pueblos, recorriendo mágicos parajes, conoció a muchísimas personas, animales, siempre rodeada de felicidad y buenos momentos. Echaba de menos su vida, tenía curiosidad por como andaba todo por allá. Se despidió del Conejo y del Sombrerero, prometiendo regresar en breve. Al cruzar el espejo todo seguía igual, su bañera casi lista para ese delicioso baño y frente a la puerta los cristales de la copa rota. No lo comprendía, si había estado un mes en ese fantástico mundo donde era siempre ella. Sin pensar más, disfrutó de ese cálido baño de espuma con la música de Cohen dibujando sus sueños.

Era sábado y para variar no tenía planes, mejor dicho, había rechazado una cita doble que le había preparado su mejor amiga, una tarde de callejeo, ver un par de exposiciones de fotografía y cenar en una terraza de la playa. Le daba pavor, esa era la realidad, no saber que decir, como actuar, que su torpeza la dejara en ridículo y lo peor, ¿ y si se sentía atraída por ese chico? No, no, no, ya tenía por este año el cupo de decepciones amorosas. Cogió sus pinceles y cruzó el espejo para pintar la realidad en la que siempre era ella, libre, alegre, desprendiendo desparpajo, pintando, escribiendo y disfrutando de las historias que le contaban su estresado Conejo y su Sombrerero excéntrico. Cada vez con más frecuencia cruzaba el espejo, su refugio, oasis que la mantenía alejada de su anodina y vacía vida en la que se había cerrado.

Sus nuevos amigos siempre querían más e intentaban que olvidara las obligaciones y tareas que les alejaba de ellos. Alicia no ponía pegas, aquel lugar era su hogar. Cada vez que pensaba pasar el espejo, dejaba un mensaje en el buzón de voz de su teléfono: “Si necesitáis algo, dad tres golpecitos cortos, uno largo y cuatro cortos en el espejo. Y ya veré si no me tienen ocupada entre relojes y tés”. Su familia y amigos pensaban que era una broma para que le dejaran graciosos saludos mientras quería desconectar y estar a su aire.

Pero la Alicia real estaba cambiando, floreciendo, tenía más seguridad, su vida mejoraba, su mirada ya no era triste y empezaba a gustarle vivir sin cruzar al otro lado. Inconscientemente distanció los viajes con su espejo, ya no necesitaba ocultarse del mundo que le rodeaba. Pasaba poco tiempo en casa y las veces que se quedaba escuchaba como la llamaban. Intentaba ignorarles, pero se sentía culpable, habían transformado su vida y ahora ya no les necesitaba.

El espejo añoraba a Alicia, había olvidado tomar el té en horas sin tiempo con sus apreciados Conejo y Sombrerero. Ella, aunque no lo quería reconocer también los extrañaba. Abrió la puerta y el espejo estaba sucio, entelado, pasó la mano y le agarraron del brazo tirando fuertemente de ella. Cayó de bruces por la brusquedad del Sombrerero. Conejo no dijo nada. Alicia enfadada les soltó: -¿Y estos modales?, ¿así recibís a una amiga?-, con el ceño fruncido y tapándose la boca ambos le dieron la espalda, dejándola sola. Les siguió, intentado iniciar una conversación que se quedaba en monólogo. Sentados en la mesa del Sombrerero, les pidió que la escucharan. La miraban y hacían gestos de burla, repitiendo con sorna las palabras que decía, ridiculizándola, unas lágrimas cubrieron su rostro y  golpeó la mesa diciéndoles lo egoístas e injustos que estaban siendo con ella. Se levantó y regresó hacia el espejo.

Las dudas crecían como raíces en su cuerpo, se quedó sentada entre los dos mundos, no tenía claro a cual regresar, le dolía escoger pero ella sabía a que mundo pertenecía. Pasaron horas que parecían días y dejó dos cartas apoyadas en el caballete junto al último cuadro que pintó allí. Entró en su casa respirando el aroma de su nueva vida, sonriendo ante todo lo que estaba por llegar. Harta de su pasado, pintó de negro el espejo cerrando la puerta de su otra realidad.

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Alicia pintó sus labios de rojo al romperse la inocencia de su reflejo. Empezó a crecer, a crecer como mujer, dándose cuenta que a esa altura nada le daba miedo.


 

 

Escuchaba un ruido, provenía del bolso, cogió el móvil silenciando la alarma, [visita con la neuróloga a las 12:00 p.m] ponía en el aviso de la agenda. -Uf, no me acordaba, revisión con esa estúpida, no sé ni para qué voy si pasa de todo- musitó mientras se mordía el labio. Aún quedaba más de una hora de trabajo, no podía concentrarse; esa mujer le sacaba de sus casillas por la frialdad e indiferencia que la trataba.

Llegó quince minutos antes, necesitaba relajarse antes de volver a pedirle por enésima vez que mirase si había algo nuevo para sus migrañas. ¿Un tratamiento, algún estudio? ¡lo que fuese! Demasiados años cancelando citas, trabajos perdidos, relaciones truncadas, perdiéndose importantes hechos, eventos de su gente.

Mientras seguía ensimismada escuchó su nombre: -Carla Valls, Carla Valls- dijo la enfermera de la Dra Garrido. Esbozando una sonrisa, Carla entró en la consulta saludando a ambas.

La Dra Garrido miró con desdén a Carla, un halo gélido las envolvía, parecía un duelo al amanecer esperando quien sería en disparar la primera bala. Se adelantó la enjuta, morena y de voz adorable, para un sordo, doctora -Sra Valls, ¿qué le trae por aquí?- mientras leía algo en su móvil, sin disimular el poco interés que le suscitaba la paciente. Carla respiró profundamente, no quería soltar ningún exabrupto, -Dra, necesito que revise mi medicación, no me hace efecto, los brotes de migraña son tres o cuatro por semana y estoy desesperada…- No dejó que acabase su argumento, cuando le respondió -Sí, sí, el mismo cuento de siempre, ¿por qué no se apunta a un gimnasio y deja de quejarse como una niña pequeña?- La cara de Carla enrojecía por segundos ante la ineptitud y pasotismo de esa engreída. Sin mediar palabra cogió su bolso y salió dando un pequeño portazo.

En el pasillo, sin acordarse que no estaba sola,  su lengua se desató ante la impotencia creada segundos antes; se dirigía al mostrador para dejar plasmada en papel una queja contra esa matarife de bata blanca cuando chocó con alguien. Musitó una disculpa brusca mientras recogía todos los enseres desperdigados por el suelo al caérsele el bolso. Una mano masculina le ayudó y sonriendo le dijo -Tranquila, todos tenemos un mal día-. Sin mirarle ella soltó -¡Más que un mal día, un mal médico! No entiendo que personas tan frías y maleducadas traten con pacientes-, seguía ofuscada en su vendetta mientras ese extraño comentó -Los neurólogos son muy excéntricos, viven en un mundo paralelo y a algunos les vendría bien sesiones semanales de risoterapia y empatía-  empezaron a reír y ahí lo vio, era igual que Jaime Lannister de “Juego de Tronos”, un hombretón rubio, muy atractivo y con una sonrisa de ensueño. Le agradeció las palabras mientras se despedía con un adiós gestual.

-¡Vaya hombre! ¿No ha sido una alucinación? Grrrr, he quedado como una estúpida…- Se dijo mentalmente mientras llegaba al mostrador, casi ni recordaba lo que quería decir, la había dejado embobada, sin ninguna neurona funcionando coherentemente.

Tras poner la queja a la Dra. Garrido, pidió un cambio de neurólogo. El administrativo que la atendió estuvo alargando el papeleo al insistir que dicha situación era complicada, no creía que hubiera una razón de peso suficientemente importante para realizarlo. Solicitó hablar con el responsable del centro y tras una hora de espera la atendieron en un pequeño despacho. Expuso sus años de calvario y su último desencuentro con la doctora. Contrariamente al de recepción, sin ponerle ninguna traba le indicaron que el cambio se realizaría en cuanto lo deseara, no era la primera paciente que se quejaba sobre la incompetencia y trato inapropiado de esa neuróloga.  Al volver al mostrador le dijeron que podía escoger entre una doctora y un doctor. Harta de misóginas feminazis (es contradictorio, pero era lo más suave que le venía a la mente al describir a la malhumorada y déspota morena metro y medio llamada “doctora”) se decantó por el Dr. Ramírez. Solicitó visita y casualmente esa misma tarde tenía consulta.

Se fue a comer y airearse un rato, total, ya había perdido todo el día y no le daba tiempo de poder regresar al trabajo. Su cabeza ardía, el dolor-presión en la nariz anunciaba que su adorada enemiga llegaba, cogió unas pastillas intentando mitigar la inminente migraña.

Dieron las seis de la tarde, un cuarto de hora antes de la visita. Preguntó por la consulta, era la número tres. Mientras se acomodaba en la sala de espera, volvió a ver al chico rubio con el que tropezó por la mañana y una sonrisa se dibujó en su rostro. Pasaron los minutos y el mismo hombre rubio, ahora ataviado con bata blanca la llamó por el nombre. -No es posible-, susurró Carla. Se dirigió a la consulta siguiéndole los pasos, una vez dentro él se presentó como el Dr Ramírez. Tras el saludo formal, ojeó el expediente de Carla, mientras hacía anotaciones y le formulaba alguna pregunta.

El pulso se le había acelerado, colorada por el reencuentro y su voz trémula no ayudaban a relajar el ambiente. -Dr, querría disculparme por el desafortunado tropiezo de esta mañana…,- El Dr Ramírez, la interrumpió dulcemente al decirle -No se preocupe Carla, conozco a la Dra Garrido y sé lo desquiciante que puede llegar a ser, ahora olvide lo sucedido y empecemos desde cero nosotros dos-. Carla estaba intrigada por las palabras que acaba de decir y sin cortarse un pelo, le preguntó -¿Hace mucho que trabajan juntos en este centro? Igualmente quiero disculparme por las desafortunadas palabras que dije sobre su colega, debería contener mis enfados y que nadie se vea afectado por ellos. Sé que puedo resultar grosera en esas situaciones. Muchas gracias Dr Ramírez.- Acabando dichas palabras con voz cálida a la vez que sonreía. Lo tenía claro: “Los y las pacientes con migraña prefieren a sus neurólogos o neurólogas rubios o rubias”, porque transmiten una calma y simpatía que los serios morenos no llevan en sus genes… Seguía en su mundo, al notar una mano que tocaba su brazo, y una voz preguntándole si iba todo bien.

-Llevo un día muy estresado, Dr…-

-Cristian, Carla, puede tutearme y si me permite haré lo mismo-

-Muy bien Cristian, llevo un día con mucho estrés, tengo la cabeza formando múltiples Big Ban y tiendo a dispersarme por no poder razonar coherentemente- Empezó a divagar entre pensamientos (-Quiere que lo tutee, qué hombre más agradable y simpático, ¿estará soltero? Basta Carla-, se dijo a si misma) y regresó a la conversación con el Dr, es decir, Cristian.

-Las migrañas no son nada fáciles de llevar, pueden incapacitar y entorpecer el día a día. Vamos a mirar que tratamiento se adapta mejor a sus síntomas.- Hizo una pausa y prosiguió contestando a la pregunta sobre la Dra Garrido, -Llevamos trabajando juntos siete años en este centro de salud, aunque nos conocemos de toda la vida, es mi hermana…-

-¿Qué?- Soltó Carla muerta de vergüenza, -¿Es su hermana? ¡Tierra trágame! Y yo soltando todas esas barbaridades, Cristian, siento mucho todo ésto, no sabía que era tu hermana. ¡Si tenéis diferentes apellidos!-

-Carla, no cambia nada, jajajaja- No pudo evitar reír tras ver la cara de circunstancia en ella al escucharle.-Somos hermanos de madre, a mi hermana no le gusta que nos relacionen. Es una gran neuróloga, pero el don de gentes nunca ha sido su fuerte. Durante estos años he acabado llevando a muchos de sus pacientes, estoy encantado con el trato directo, hacer seguimientos y ver si puedo mejorar la calidad de vida de los que venís a la consulta. No es normal en mi que de datos personales a un paciente, mas contigo desde esta mañana noté una conexión que pocas veces pasa…-

Carla estaba atenta escuchando todo lo que decía, riendo y gastando bromas al igual que él; parecía la charla de una primera cita entre dos personas que se gustan. La barrera entre médico-paciente se había cruzado sin buscarlo y al finalizar la visita, Cristian rellenó toda la documentación para que otra neuróloga siguiera tratando a Carla. A ellos les esperaba otro tipo de encuentros.