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Serán las hormonas, el otoño veraniego, el tener los ojos en un lugar que no me encaja, el querer cambios que sacudan mi mundo… Me apetece amor…

Me apetece amor, del correspondido, del que compartes mil gustos, opiniones y ves el horizonte a la misma distancia de los dos.

Me apetece amor, donde la pasión y el intelecto se mezclan en la combinación perfecta y el sentido del humor salpimenta nuestros momentos.

Me apetece amor, para compartir silencios, pensamientos absurdos, de planes y viajes que se materializarán, ir a conciertos, exposiciones, teatros, cines, vaguear en el sofá, ver atardeceres y amanecer entrelazados.

Me apetece amor, vivirlo en su plenitud, creciendo y cuidándolo, aprendiendo, respetando, enriqueciéndonos.

Me apetece amor, justo ahora que mi vida es un caos sin tiempo, justo en el momento que no puedo hacer planes, justo cuando mi vida está paralizada al tener responsabilidades que ocupan los siete días de la semana.

Será por todo o por nada en concreto, por sentir que vuelvo a estar preparada aunque la ocasión me salude desde otro tren, me apetece amor y lo espero…

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Suspiras, sin poder verbalizar las palabras que se pelean por salir ametrallando sin filtro a quienes tienes delante y callas tras volver a suspirar.

Calma, paciencia, calma, paciencia, calma, paciencia, cal… Me repito mentalmente, cerrando los ojos y controlando la respiración para calmar ese pulso que resuena en mis oídos.

Miro un año atrás y todo era muy diferente, por lo menos yo lo era. Sabía quien era, me reconocía, tenía mis más y mis menos pero la felicidad era el perfume que usaba. Sin avisar, un día llegó un inquilino no deseado, intenté resistirme, echarle, pero es de los que vienen para quedarse te guste o no. Sí, hablo del Sr. Alzheimer, no quiero tutearle ya que lucho cada día contra él. Decidió que mi padre era el cuerpo ideal para quedarse a vivir ; la impotencia y la tristeza, de no poder evitarlo me dejaron aletargada, catatónica, llorando todo lo que tenía que llorar cuando nadie me veía. No te puedes permitir estar triste al girar la ruleta.

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Es un dibujo que hice justo unos días después de saber que mi padre tiene alzheimer. Era mi forma de expresar lo que significa esa enfermedad.

Meses extraños buscando información, ayuda sólo para quien puede pagarla. Si vives de alquiler no te adaptan el baño para evitar obstáculos, en cambio si eres propietario te dejan el baño niquelado. Suerte que funcionan tan bien los servicios sociales, no sé a quién, para mi son meros expectros.

De la teoría a la práctica hay un abismo que las separa en vez de acercar, cada persona es diferente al igual que los caracteres y comportamientos. Es vivirlo y tener mucha paciencia, comprensión y cariño. Se me olvidó decir que mi madre también tiene pérdidas de memoria, pequeños lapsus, a nivel de comprensión está más lenta y ver como su marido va perdiendo su esencia, le aterra. Le ha hecho más insegura, vulnerable, no quiere que la visite un neurólogo, así que en vez de uno tengo a dos personas que están cambiando su luz, personalidad. Contestones, caprichosos, desinhibidos verbalmente, de la risa al llanto y enfado pasan en segundos. Y yo, intento estar, hacer todo lo que puedo, pero cuesta, ya que perder la paciencia o exasperarte tras repetir varias veces lo mismo, acabas explotando y gritas, te enfadas, aunque al momento reacciones te has equivocado al gestionarlo: no puedes flaquear.

Los nervios los llevo y durante meses he estado más recluida, encerrada en mi misma, todo por asimilación y también porque ellos se vuelven más indefensos. Surge un egoísmo controlador sobre tu persona, no quieren que te separes de ellos, pero has de vivir, tener tu espacio, válvulas de escape. Ha hecho que me engorde más de 15 kg, no me reconozco no soy yo, he de volver a reencontrarme aunque cuesta.

La familia, ¡bien gracias!, un hermano que no existe, con llamar cada quince días unos minutos se cree el hijo del año. No se puede pedir nada a alguien que tampoco se preocupa de sus hijas y su nieto. Mi hermana si está, es mi compañera en este viaje, aunque le está costando mucho asimilarlo, está siendo mucho más duro para ella, pero se esfuerza y saca entereza. Suerte que me puedo apoyar en ella y en mis amigos. El estar en paro no me ayuda, ya que no tengo horas en las que desaparecer y desconectar, y no quiero llegar a tener el “síndrome del cuidador”, me niego a que me absorba, siendo una cuerpo inexpresivo y depresivo. ¡A mi no!

Por eso cuando me miro al espejo y no me reconozco me enfado porque sé que estoy tras esos kilos de más, tras esa apatía que a veces me abraza, tras la entereza que es mi coraza. Suerte que soy de tomarme con humor las cosas y ver partes buenas de todo lo vivido. Ésta es una enseñanza de amor, de paciencia, de generosidad y de volver a vivir intensamente cada momento que es sólo mío. Ganaré aunque pierda, porque siempre he sido de las que creen que todo se ha de hacer en vida y para poder avanzar tienes que estar tranquilo y reconciliado con tu pasado, sin esquirlas que hagan mirar atrás sangrando ira y dolor.

Ahí estoy, sabiendo que “esa, no soy yo”, pero en breve volveré a reconocerme y eso sólo se consigue con fortaleza y tesón, ya he recuperado algunas viejas costumbres como dibujar, escribir en diferentes redes sociales, salir más con mis amistades, ver películas o series, hacer actividades culturales… Poco a poco, sin olvidar que estoy con ellos y que he de ayudarles.

…No soy yo, porque un velo gris de incertidumbre y desvelo de lo que está por llegar ha querido taparme. Ha llegado el momento de pintarme de nuevo. Mi vida y yo volveremos a ser chispeantes…


Paredes desconchadas mostrando capas que han pintado diferentes vidas vividas en esa casa. Muelles rotos en el sofá de tela gastada. Pelos de gato, hilos salidos por afilar sus uñas. Una bombilla sin lámpara con sus telarañas. Ventanas sin cortinas mostrando la indiscreción de robóticos vecinos. Un palé y unos libros, comprados en una tienda al peso, formando la mesa de centro. Cojines y alfombras dando calidez a las frías baldosas. Un gran cuadro sin marco ni lienzo presidiendo una pared de palabras vivas. Un maniquí transformado en perchero, con tres brazos y una pierna. Dos amantes frente a la vieja chimenea de piedra, iluminados en su amor por el embrujo de las llamas…

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Era después de San Juan, disfrutábamos unas pequeñas vacaciones en el sur de Sardegna, días llenos de sol, cultura y vida.

Habíamos quedado temprano con nuestra guía para visitar la necrópolis de Montessu y parte de la costa de Chia. Paramos un momento para recoger las entradas a ese antiguo y maravilloso lugar, cuando mi mirada captó algo que nunca antes había visto: ¡Burros albinos! Dije en voz alta y las tres nos quedamos absortas mirándolos. Entre risas y curiosidad me acerqué para verlos mejor, mi cara se asemejaba a la de un niño que se siente explorador cuando juega en un parque nuevo.

Mi hermana y la guía fueron a por agua, íbamos a estar un par de horas paseando con un sol potente de compañero, dejándome sola ante aquellos bellos animales. Estaba a un metro de la reja, cuando uno de ellos vino corriendo hacia donde yo me encontraba rebuznando como un poseso y su virilidad animal toda erecta para darme la bienvenida a su hogar. Me quedé petrificada, colorada y ojiplática ante tal tremenda y surrealista imagen. Sólo escuchaba: “Hiiaaaaaa, hiiiiiaaaaaa, hiiiiaaaaa”.

Una gran risotada salió de mi interior al ver la euforia provocada en ese descarado animal. No daba crédito: ¡Había ligado con un burro albino! He de decir que nunca he vivido una experiencia similar-animal en mi vida. Al escucharme, mi hermana y la guía vinieron corriendo pensando que me había ocurrido algo y ante la situación no pudieron contener las carcajadas. Suerte que la reja nos separaba, porque la anécdota hubiera tenido un final feliz para el burro y traumático para mi persona. 

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Imágenes reales de los compañeros del príncipe albino, el susodicho  aún no había hecho su grandiosa aparición.