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Suspiras, sin poder verbalizar las palabras que se pelean por salir ametrallando sin filtro a quienes tienes delante y callas tras volver a suspirar.

Calma, paciencia, calma, paciencia, calma, paciencia, cal… Me repito mentalmente, cerrando los ojos y controlando la respiración para calmar ese pulso que resuena en mis oídos.

Miro un año atrás y todo era muy diferente, por lo menos yo lo era. Sabía quien era, me reconocía, tenía mis más y mis menos pero la felicidad era el perfume que usaba. Sin avisar, un día llegó un inquilino no deseado, intenté resistirme, echarle, pero es de los que vienen para quedarse te guste o no. Sí, hablo del Sr. Alzheimer, no quiero tutearle ya que lucho cada día contra él. Decidió que mi padre era el cuerpo ideal para quedarse a vivir ; la impotencia y la tristeza, de no poder evitarlo me dejaron aletargada, catatónica, llorando todo lo que tenía que llorar cuando nadie me veía. No te puedes permitir estar triste al girar la ruleta.

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Es un dibujo que hice justo unos días después de saber que mi padre tiene alzheimer. Era mi forma de expresar lo que significa esa enfermedad.

Meses extraños buscando información, ayuda sólo para quien puede pagarla. Si vives de alquiler no te adaptan el baño para evitar obstáculos, en cambio si eres propietario te dejan el baño niquelado. Suerte que funcionan tan bien los servicios sociales, no sé a quién, para mi son meros expectros.

De la teoría a la práctica hay un abismo que las separa en vez de acercar, cada persona es diferente al igual que los caracteres y comportamientos. Es vivirlo y tener mucha paciencia, comprensión y cariño. Se me olvidó decir que mi madre también tiene pérdidas de memoria, pequeños lapsus, a nivel de comprensión está más lenta y ver como su marido va perdiendo su esencia, le aterra. Le ha hecho más insegura, vulnerable, no quiere que la visite un neurólogo, así que en vez de uno tengo a dos personas que están cambiando su luz, personalidad. Contestones, caprichosos, desinhibidos verbalmente, de la risa al llanto y enfado pasan en segundos. Y yo, intento estar, hacer todo lo que puedo, pero cuesta, ya que perder la paciencia o exasperarte tras repetir varias veces lo mismo, acabas explotando y gritas, te enfadas, aunque al momento reacciones te has equivocado al gestionarlo: no puedes flaquear.

Los nervios los llevo y durante meses he estado más recluida, encerrada en mi misma, todo por asimilación y también porque ellos se vuelven más indefensos. Surge un egoísmo controlador sobre tu persona, no quieren que te separes de ellos, pero has de vivir, tener tu espacio, válvulas de escape. Ha hecho que me engorde más de 15 kg, no me reconozco no soy yo, he de volver a reencontrarme aunque cuesta.

La familia, ¡bien gracias!, un hermano que no existe, con llamar cada quince días unos minutos se cree el hijo del año. No se puede pedir nada a alguien que tampoco se preocupa de sus hijas y su nieto. Mi hermana si está, es mi compañera en este viaje, aunque le está costando mucho asimilarlo, está siendo mucho más duro para ella, pero se esfuerza y saca entereza. Suerte que me puedo apoyar en ella y en mis amigos. El estar en paro no me ayuda, ya que no tengo horas en las que desaparecer y desconectar, y no quiero llegar a tener el “síndrome del cuidador”, me niego a que me absorba, siendo una cuerpo inexpresivo y depresivo. ¡A mi no!

Por eso cuando me miro al espejo y no me reconozco me enfado porque sé que estoy tras esos kilos de más, tras esa apatía que a veces me abraza, tras la entereza que es mi coraza. Suerte que soy de tomarme con humor las cosas y ver partes buenas de todo lo vivido. Ésta es una enseñanza de amor, de paciencia, de generosidad y de volver a vivir intensamente cada momento que es sólo mío. Ganaré aunque pierda, porque siempre he sido de las que creen que todo se ha de hacer en vida y para poder avanzar tienes que estar tranquilo y reconciliado con tu pasado, sin esquirlas que hagan mirar atrás sangrando ira y dolor.

Ahí estoy, sabiendo que “esa, no soy yo”, pero en breve volveré a reconocerme y eso sólo se consigue con fortaleza y tesón, ya he recuperado algunas viejas costumbres como dibujar, escribir en diferentes redes sociales, salir más con mis amistades, ver películas o series, hacer actividades culturales… Poco a poco, sin olvidar que estoy con ellos y que he de ayudarles.

…No soy yo, porque un velo gris de incertidumbre y desvelo de lo que está por llegar ha querido taparme. Ha llegado el momento de pintarme de nuevo. Mi vida y yo volveremos a ser chispeantes…

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Adrenalina, sentir que el corazón te va a mil, volar, la velocidad de la vida en tu cuerpo…

Esas sensaciones son vibrantes, excitantes, te hacen alucinar y disfrutar mezcla de la necesidad de vivir al límite, en determinados momentos puede estar bien, incluso genial. Mas yo tengo numerosos momentos en los que pequeños hechos se convierten en divertidos, excitantes y deportes de riesgo (en algunos casos).

Retrocedamos unos días, exactamente al día 1 de enero de este año, sí empezó bien el 2017. Me había pasado la mañana cocinando, venía toda la familia a comer, quería que todo estuviera perfecto y claro los nervios se apoderaron de mi. La cocina era territorio prohibido hasta que terminara, justo media hora antes de que empezaran a llegar. Respiré hondo y fui a darme una ducha, la ventana tiene doble abertura y por norma la tenemos batiente. Me encanta que el baño se convierta en una especie de sauna y fui a cerrar la ventana tocando ligeramente el cristal con un dedo. Cuando al cerrarse casi sin impactar se rompe en numerosos trozos el cristal, saltando por todas partes y cortándome la yema de ese dedo. ¡Bien! Saliendo sangre a borbotones (es una zona escandalosa como pasa en la cara), desnuda, la ventana tuneada con un agujero abstracto y yo intentando ducharme entre un ataque de nervios con la mano envuelta en papel higiénico. Me ayudan a limpiar los cristales, me curan el corte, era más pequeño de lo que aparentaba y todo ello en un tiempo récord. Suena el timbre, llega la familia todo está en orden  y justo cuando estamos preparando los vasos, mi madre se piensa que lo voy a coger y ¡pam! El suelo lleno de numerosos microcristales espacidos por cada rincón de la cocina. Esta vez ni lo toqué, será que tengo ojos en la nuca y repelencia hacia vídrios y cristales. Al grito de: ¡Tranquilos, no pasa nada, pero que los niños no entren en la cocina! Risas nerviosas, absurdas, el ágape perfecto y vino para ayudar a reír un poco más. Finalmente la felicidad nos embarga a todos, acabando la tarde con bingos y karaokes en el comedor.

Durante un par de días la ventana tuvo este aspecto personalizado y un poco deportivo.

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Acerquémonos más en el tiempo, justo hace dos sábados, una relajada mañana. Desayunaba tranquilamente con el silencio de la mañana y el sol acariciando mi cara, placeres que envuelven tu cara con un halo de felicidad, mientras piensas en lo privilegiada que eres al disfrutar de ese mágico y plácido momento. Como un jarro de agua fría de realidad, que saca de cualquier abstracción, escucho decir a mi hermana entre nerviosa e histérica: -¡La caldera! Grddfrfghasxvutgbchbdwedcvdd (no voy a reproducir todos los improperios que soltó, para evitar dañar vuestros delicados ojos) ¡Se ha estropeado!- La miro con cara de “yuhuuuu, me va tocar arreglarla y no tengo ni idea”.

Tras tranquilizarla y decirle que me contara lo que sucedía fui a buscar el manual de ese aparatejo. -Hace una luz roja parpadeante y sale “E100”, se ha estropeado y ahora ¿qué?- Busco en el manual y ponía que estaba baja de presión. Teníamos que buscar una llave revestida de plástico rojo, girarla, en caso de que no funcionara quitar el alambre que la sujetaba. Vale, pensé, aquí dibujé algo rectangular vamos a mirar.

Tras situarme en el pequeño espacio y con mis dotes de contorsionista, encontré el rectángulo (olvidé apagar la caldera) y siguiendo las instrucciones quité la arandela y giré la llave. ¡Bien! Subía y al momento volvía a bajar. ¡Puñeta! Así hasta que mi querida hermana suelta:- ¡gira más!- Sin rechistar giro más la llave y la aguja de la válvula se pasa llegando al 4 (debe estar entre el 1 y el 2). Cojo el manual y dice que hay que abrir un grifo para que se llene el depósito de agua. Ambas, unas lumbreras abrimos el grifo de la cocina, aquello no bajaba, los nervios creciendo y la paciencia se había ido a tomar viento fresco. Tras releer el manual (sí, teníamos un día muy torpe y yo iba dopada por una contractura en el hombro, así que nuestra agilidad mental estaba reducida a menos cien), vi que se refería a un grifo que tiene la caldera, claro, ¡qué guasones como es tan visible a simple vista! Abro el grifo y un gran chorro en plan aspersor tsunami empieza a mojarlo todo, y yo recibiendo una ducha de agua sucia. La aguja empieza a bajar, ¡bien! al cerrarlo volvía al maldito 4. Grrrrrrr, vuelvo a girar el grifo y ya esta vez me pongo chorreando de pies a cabeza, inundándolo todo. Paro el grifo y otra vez igual, la maldita aguja vuelve a subir. Me quito la ropa, apañando con un foulard una especie de sujetador y en braguitas, como cualquier día veraniego para tomar el sol, pero con 5° de temperatura y bien refrescada con el sifón de antes. Tras quitar el agua del suelo, tenía claro que esa caldera no podría conmigo.

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Ese es el grifo y su rosca escondida…

 

Sólo faltaba haberme puesto en la cara pintura de guerra, era un duelo personal y tenía que ganar. Cogí un cubo, porque ya no iba a empaparme como antes y volví a abrir el grifo (jejeje, esta vez el control estaba en mis manos), la aguja bajo y volvió a subir. Mi enfado había pasado a cabreo sublime, ¿qué sucede? ¿por qué? En ese momento me di cuenta que no había apagado la caldera. Sí lo sé, es lo primero que debería haber hecho, pero mira no soy una entendida en calderas. ¡Y se hizo la magia! Al volver a abrir el grifo la aguja se situó entre el 1 y el 2 y se quedó quieta. ¡Aleluya! Cerramos grifo, coloqué todo en su sitio y encendimos la caldera, el mensaje de error E-100 había desaparecido y todo volvía a la mormalidad.

Me fui directa a darme una ducha caliente y embutirme entre mantas, en el sofá, necesitaba un merecido descanso.

Son dos pequeñas anécdotas de las muchas que me pasan a diario, ¿buscar adrenalina en deportes o actividades de riesgo? ¡No, gracias! Con mi día a día voy sobrada jejejeje

 

No olvidéis sacar la lengua a la vida y dedicarle unas risas…

 

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Esta parte me cuesta ordenarla, será debido a que intenté borrarla y la memoria cambia las percepciones con la distancia. O quizás cuando se han visto triturados tus sentimientos, seguridades y confianza, los pedazos se diseminan en recuerdos entelados.

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Pasaron más semanas y me comunicaron que un grupo de personas realizaba una cena en mi ciudad, la mayoría de personas sólo se habían tratado virtualmente. Incluso ese chico que me lo dijo tampoco tenía casi comunicación conmigo, es lo que tienen las redes sociales, conectas y desconectas con muchos perfiles y algunos se convierten en personas al contactar día tras día. Coincidió que sólo conocía a una persona, bien, no iba a estar sola, pero al resto ni los había visto pulular en el mundo virtual. Crearon un grupo donde conocernos antes del evento, imaginad a unas cuarenta personas de diferentes puntos del estado, yendo a una cena a ciegas. Sería curioso e incómodo a la hora de encontrarse y saber con quienes tienes más o menos afinidad.

Aunque sea a través de una pantalla, siempre encuentras más empatía y afinidad con unos que con otros, será por las respuestas, sentido del humor, ni idea pero es lo mismo que cuando conoces en persona a alguien. Surge o no surge el feeling y forzarlo no sirve de nada, a la larga acaba desvaneciéndose.

Ahí se crearon subgrupos donde charlar sin que salieran tropocientos comentarios quedándose muchas respuestas en el limbo. Ves que son personas reales, con sus vidas, aficiones, neófitas en este tipo de encuentros. Se acerca la cena y surgen dudas, -¿para qué voy a ir? ¿ y si me aburro? Siempre puedo probar, ir a la cena y marcharme, total, tengo a un conocido con quien charlar.- En realidad nunca he sido amiga de aglomeraciones ni de reuniones multitudinarias, pero para todo hay una primera vez.

El buen rollo era palpable, me daba cierta tranquilidad y una posible ocasión para ampliar mi círculo de amistades-conocidos en mi ciudad. Con la edad, tus amistades están emparejadas y con hijos, es más complejo conocer a gente nueva. Un par de días antes el chico que me invitó a la cena, me llamó y fueron un par de horas de conversaciones con muchas risas, todo muy fluido, como si nos conociéramos. Hasta ese mismo día mi indecisión seguía en ir o no ir. Decidí arreglarme y llegar al punto de encuentro más tarde, estarían allí un par de horas antes de dirigirse al restaurante. La tarde se había vestido con lluvia fina y el frío no había anidado en la ciudad. Mis pasos eran raros, tímidos y al entrar en el bar varias personas se acercaron sonrientes a saludarme, estaba tímida y expectante, aunque por fuera no lo mostrara. Sonreía, charlaba mientras iba conociendo a todos los presentes, faltaba gente, y al ir a dejar mi abrigo en una silla él se acercó, nervioso, con timidez aparente y tras un abrazo me susurró, -Creía que ya no venías, has tardado mucho. Llevo una hora entrando y saliendo esperando verte-. Sonriendo, hice un comentario bromeando sobre ello, noté algo extraño, ¿química?, no sé explicarlo, pero me atrajo sin más…

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Seguía observando a todas esas personas, alegres, con ganas de diversión. Me pedí una caña, estaba sedienta, hablaba con unos, con otros y lo vi sentado, apartado del resto. Me dirigí hacia ese rincón y empezamos a charlar. Seguía tímido, pero receptivo, me buscaba con la mirada cuando me relacionaba con los demás. Salí a fumar y él me alcanzó antes de cruzar el umbral, intercambiábamos frases tontas, risas, quizás hablaba más nuestro cuerpo o nuestras miradas. Había una chica que no paraba de coquetear con él, pero se mostraba esquivo, cortante con ella. Dejándole claro que no estaba interesado. Ella empezó a mostrarse quisquillosa conmigo, ignoré su actitud, pasaba de malos rollos.

Llegó la hora de ir al restante, estaba a pocas calles del bar, diseminados en pequeños grupos nos desplazamos llenando las estrechas aceras con nuestro jolgorio. Al llegar teníamos una sala para nosotros con una mesa en forma de u y por afinidad fuimos cogiendo sitio, a un lado mi amigo y al otro él. En nuestra parte se sentaron todos los que más habíamos interactuado. Bromas, brindis, diversas salidas a fumar. Fotografías haciendo el bobo, no tenía mucha hambre y el alcohol asomaba quitándome la timidez.

Aquella chica seguía en su cruzada de palabras cortantes, miradas de asco y frases retadoras de una contestación que no llegaba por mi parte. La tenía en la fila de cara, a dos sillas de la mía, mas ignoraba su absurdo comportamiento. Intenté distanciarme de él, evitando acercarme en la mesa, al salir a fumar. En un cruce del pasillo, me cogió del brazo, -¿Qué te pasa? Pareces más distante, ¿he hecho algo que te moleste?-. Sonriendo, le respondí, -Creo que tienes algo con ella y no voy a meterme-. Él, me explicó, que habían tenido una pequeña historia, pero que al verse de nuevo ese día, por su parte ya no existía nada. Tras esas palabras seguí mi camino, aunque continué yendo a la mía.

La medianoche nos abrazaba y las ganas de seguir disfrutando eran candentes. Algunos se despidieron tras salir del restaurante y el resto nos dirigimos a un pub para continuar con la fiesta. Uno del grupo había reservado una parte del local, copas y chupitos más baratos. Bien, íbamos a ponernos en breve rato. Allí empezamos a interactuar con los que no coincidimos durante la cena. Canciones, brindis, frases incoherentes, risas sin parar, fluctuando las personas, las charlas. Nos buscábamos entre esas personas, intentábamos hablar en los momentos que nos quedábamos solos, mas no duraba de dos minutos esa intimidad. No importaba, me encontraba bien en ese sarao.

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Decidí salir fuera, necesitaba respirar y ver desde otra perspectiva el transcurso hasta ese momento. Entraban y salían, comentaban banalidades, risas aromatizadas por el alcohol. A ratos, veía absurda esa locura de encuentro, demasiada exaltación de simpatía y colegueo. Empezaban los coqueteos, las miradas cargadas de deseo y yo, seguía a la mía.  Miraba a unos transeúntes ebrios de alegría, de fiesta, de una noche sin fin, cuando me dijeron, -Aquí estabas, tenía ganas de estar contigo sin tanto bullicio-. Le miré y empezamos a conversar, coqueteando. Pero duró poco, uno de los chicos se nos unió y empezaron a contar anécdotas, chistes malísimos. Se acercó un vendedor ambulante de rosas, tras unas frases de canchondeo el vendedor me regaló una rosa. Las risas aumentaron, pasado un rato, entré dejándolos con sus paridas y volví a integrarme con los demás.

Llegaba la hora del cierre y los cuerpos pedían bailar un rato más. Empezamos a decidir, los que éramos de la ciudad, la discoteca o club donde dejarnos caer. En un momento que nadie nos miraba, nos separamos unos metros de ellos, girando la calle, empezamos a bromear metiéndonos el uno con el otro. Estábamos ausentes del resto, y tras un comentario fuera de lugar a mi persona, le di una suave bofetada. Él se hizo entre risas el mosqueado, pidiendo una compensación, un beso en la mejilla. Me hice la dura, riendo, negándome y al final por insistente se lo di. Aprovechó para girar su cara y robarme un medio beso. Nos separamos y lo miré sorprendida, mientras me acercaba al grupo. Quiso seguirme, pero aquella chica lo agarró del brazo acompañada de más gente, excusándose con la mirada seguimos andando.


Era después de San Juan, disfrutábamos unas pequeñas vacaciones en el sur de Sardegna, días llenos de sol, cultura y vida.

Habíamos quedado temprano con nuestra guía para visitar la necrópolis de Montessu y parte de la costa de Chia. Paramos un momento para recoger las entradas a ese antiguo y maravilloso lugar, cuando mi mirada captó algo que nunca antes había visto: ¡Burros albinos! Dije en voz alta y las tres nos quedamos absortas mirándolos. Entre risas y curiosidad me acerqué para verlos mejor, mi cara se asemejaba a la de un niño que se siente explorador cuando juega en un parque nuevo.

Mi hermana y la guía fueron a por agua, íbamos a estar un par de horas paseando con un sol potente de compañero, dejándome sola ante aquellos bellos animales. Estaba a un metro de la reja, cuando uno de ellos vino corriendo hacia donde yo me encontraba rebuznando como un poseso y su virilidad animal toda erecta para darme la bienvenida a su hogar. Me quedé petrificada, colorada y ojiplática ante tal tremenda y surrealista imagen. Sólo escuchaba: “Hiiaaaaaa, hiiiiiaaaaaa, hiiiiaaaaa”.

Una gran risotada salió de mi interior al ver la euforia provocada en ese descarado animal. No daba crédito: ¡Había ligado con un burro albino! He de decir que nunca he vivido una experiencia similar-animal en mi vida. Al escucharme, mi hermana y la guía vinieron corriendo pensando que me había ocurrido algo y ante la situación no pudieron contener las carcajadas. Suerte que la reja nos separaba, porque la anécdota hubiera tenido un final feliz para el burro y traumático para mi persona. 

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Imágenes reales de los compañeros del príncipe albino, el susodicho  aún no había hecho su grandiosa aparición.