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Escuchaba un ruido, provenía del bolso, cogió el móvil silenciando la alarma, [visita con la neuróloga a las 12:00 p.m] ponía en el aviso de la agenda. -Uf, no me acordaba, revisión con esa estúpida, no sé ni para qué voy si pasa de todo- musitó mientras se mordía el labio. Aún quedaba más de una hora de trabajo, no podía concentrarse; esa mujer le sacaba de sus casillas por la frialdad e indiferencia que la trataba.

Llegó quince minutos antes, necesitaba relajarse antes de volver a pedirle por enésima vez que mirase si había algo nuevo para sus migrañas. ¿Un tratamiento, algún estudio? ¡lo que fuese! Demasiados años cancelando citas, trabajos perdidos, relaciones truncadas, perdiéndose importantes hechos, eventos de su gente.

Mientras seguía ensimismada escuchó su nombre: -Carla Valls, Carla Valls- dijo la enfermera de la Dra Garrido. Esbozando una sonrisa, Carla entró en la consulta saludando a ambas.

La Dra Garrido miró con desdén a Carla, un halo gélido las envolvía, parecía un duelo al amanecer esperando quien sería en disparar la primera bala. Se adelantó la enjuta, morena y de voz adorable, para un sordo, doctora -Sra Valls, ¿qué le trae por aquí?- mientras leía algo en su móvil, sin disimular el poco interés que le suscitaba la paciente. Carla respiró profundamente, no quería soltar ningún exabrupto, -Dra, necesito que revise mi medicación, no me hace efecto, los brotes de migraña son tres o cuatro por semana y estoy desesperada…- No dejó que acabase su argumento, cuando le respondió -Sí, sí, el mismo cuento de siempre, ¿por qué no se apunta a un gimnasio y deja de quejarse como una niña pequeña?- La cara de Carla enrojecía por segundos ante la ineptitud y pasotismo de esa engreída. Sin mediar palabra cogió su bolso y salió dando un pequeño portazo.

En el pasillo, sin acordarse que no estaba sola,  su lengua se desató ante la impotencia creada segundos antes; se dirigía al mostrador para dejar plasmada en papel una queja contra esa matarife de bata blanca cuando chocó con alguien. Musitó una disculpa brusca mientras recogía todos los enseres desperdigados por el suelo al caérsele el bolso. Una mano masculina le ayudó y sonriendo le dijo -Tranquila, todos tenemos un mal día-. Sin mirarle ella soltó -¡Más que un mal día, un mal médico! No entiendo que personas tan frías y maleducadas traten con pacientes-, seguía ofuscada en su vendetta mientras ese extraño comentó -Los neurólogos son muy excéntricos, viven en un mundo paralelo y a algunos les vendría bien sesiones semanales de risoterapia y empatía-  empezaron a reír y ahí lo vio, era igual que Jaime Lannister de “Juego de Tronos”, un hombretón rubio, muy atractivo y con una sonrisa de ensueño. Le agradeció las palabras mientras se despedía con un adiós gestual.

-¡Vaya hombre! ¿No ha sido una alucinación? Grrrr, he quedado como una estúpida…- Se dijo mentalmente mientras llegaba al mostrador, casi ni recordaba lo que quería decir, la había dejado embobada, sin ninguna neurona funcionando coherentemente.

Tras poner la queja a la Dra. Garrido, pidió un cambio de neurólogo. El administrativo que la atendió estuvo alargando el papeleo al insistir que dicha situación era complicada, no creía que hubiera una razón de peso suficientemente importante para realizarlo. Solicitó hablar con el responsable del centro y tras una hora de espera la atendieron en un pequeño despacho. Expuso sus años de calvario y su último desencuentro con la doctora. Contrariamente al de recepción, sin ponerle ninguna traba le indicaron que el cambio se realizaría en cuanto lo deseara, no era la primera paciente que se quejaba sobre la incompetencia y trato inapropiado de esa neuróloga.  Al volver al mostrador le dijeron que podía escoger entre una doctora y un doctor. Harta de misóginas feminazis (es contradictorio, pero era lo más suave que le venía a la mente al describir a la malhumorada y déspota morena metro y medio llamada “doctora”) se decantó por el Dr. Ramírez. Solicitó visita y casualmente esa misma tarde tenía consulta.

Se fue a comer y airearse un rato, total, ya había perdido todo el día y no le daba tiempo de poder regresar al trabajo. Su cabeza ardía, el dolor-presión en la nariz anunciaba que su adorada enemiga llegaba, cogió unas pastillas intentando mitigar la inminente migraña.

Dieron las seis de la tarde, un cuarto de hora antes de la visita. Preguntó por la consulta, era la número tres. Mientras se acomodaba en la sala de espera, volvió a ver al chico rubio con el que tropezó por la mañana y una sonrisa se dibujó en su rostro. Pasaron los minutos y el mismo hombre rubio, ahora ataviado con bata blanca la llamó por el nombre. -No es posible-, susurró Carla. Se dirigió a la consulta siguiéndole los pasos, una vez dentro él se presentó como el Dr Ramírez. Tras el saludo formal, ojeó el expediente de Carla, mientras hacía anotaciones y le formulaba alguna pregunta.

El pulso se le había acelerado, colorada por el reencuentro y su voz trémula no ayudaban a relajar el ambiente. -Dr, querría disculparme por el desafortunado tropiezo de esta mañana…,- El Dr Ramírez, la interrumpió dulcemente al decirle -No se preocupe Carla, conozco a la Dra Garrido y sé lo desquiciante que puede llegar a ser, ahora olvide lo sucedido y empecemos desde cero nosotros dos-. Carla estaba intrigada por las palabras que acaba de decir y sin cortarse un pelo, le preguntó -¿Hace mucho que trabajan juntos en este centro? Igualmente quiero disculparme por las desafortunadas palabras que dije sobre su colega, debería contener mis enfados y que nadie se vea afectado por ellos. Sé que puedo resultar grosera en esas situaciones. Muchas gracias Dr Ramírez.- Acabando dichas palabras con voz cálida a la vez que sonreía. Lo tenía claro: “Los y las pacientes con migraña prefieren a sus neurólogos o neurólogas rubios o rubias”, porque transmiten una calma y simpatía que los serios morenos no llevan en sus genes… Seguía en su mundo, al notar una mano que tocaba su brazo, y una voz preguntándole si iba todo bien.

-Llevo un día muy estresado, Dr…-

-Cristian, Carla, puede tutearme y si me permite haré lo mismo-

-Muy bien Cristian, llevo un día con mucho estrés, tengo la cabeza formando múltiples Big Ban y tiendo a dispersarme por no poder razonar coherentemente- Empezó a divagar entre pensamientos (-Quiere que lo tutee, qué hombre más agradable y simpático, ¿estará soltero? Basta Carla-, se dijo a si misma) y regresó a la conversación con el Dr, es decir, Cristian.

-Las migrañas no son nada fáciles de llevar, pueden incapacitar y entorpecer el día a día. Vamos a mirar que tratamiento se adapta mejor a sus síntomas.- Hizo una pausa y prosiguió contestando a la pregunta sobre la Dra Garrido, -Llevamos trabajando juntos siete años en este centro de salud, aunque nos conocemos de toda la vida, es mi hermana…-

-¿Qué?- Soltó Carla muerta de vergüenza, -¿Es su hermana? ¡Tierra trágame! Y yo soltando todas esas barbaridades, Cristian, siento mucho todo ésto, no sabía que era tu hermana. ¡Si tenéis diferentes apellidos!-

-Carla, no cambia nada, jajajaja- No pudo evitar reír tras ver la cara de circunstancia en ella al escucharle.-Somos hermanos de madre, a mi hermana no le gusta que nos relacionen. Es una gran neuróloga, pero el don de gentes nunca ha sido su fuerte. Durante estos años he acabado llevando a muchos de sus pacientes, estoy encantado con el trato directo, hacer seguimientos y ver si puedo mejorar la calidad de vida de los que venís a la consulta. No es normal en mi que de datos personales a un paciente, mas contigo desde esta mañana noté una conexión que pocas veces pasa…-

Carla estaba atenta escuchando todo lo que decía, riendo y gastando bromas al igual que él; parecía la charla de una primera cita entre dos personas que se gustan. La barrera entre médico-paciente se había cruzado sin buscarlo y al finalizar la visita, Cristian rellenó toda la documentación para que otra neuróloga siguiera tratando a Carla. A ellos les esperaba otro tipo de encuentros.

 

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Era después de San Juan, disfrutábamos unas pequeñas vacaciones en el sur de Sardegna, días llenos de sol, cultura y vida.

Habíamos quedado temprano con nuestra guía para visitar la necrópolis de Montessu y parte de la costa de Chia. Paramos un momento para recoger las entradas a ese antiguo y maravilloso lugar, cuando mi mirada captó algo que nunca antes había visto: ¡Burros albinos! Dije en voz alta y las tres nos quedamos absortas mirándolos. Entre risas y curiosidad me acerqué para verlos mejor, mi cara se asemejaba a la de un niño que se siente explorador cuando juega en un parque nuevo.

Mi hermana y la guía fueron a por agua, íbamos a estar un par de horas paseando con un sol potente de compañero, dejándome sola ante aquellos bellos animales. Estaba a un metro de la reja, cuando uno de ellos vino corriendo hacia donde yo me encontraba rebuznando como un poseso y su virilidad animal toda erecta para darme la bienvenida a su hogar. Me quedé petrificada, colorada y ojiplática ante tal tremenda y surrealista imagen. Sólo escuchaba: “Hiiaaaaaa, hiiiiiaaaaaa, hiiiiaaaaa”.

Una gran risotada salió de mi interior al ver la euforia provocada en ese descarado animal. No daba crédito: ¡Había ligado con un burro albino! He de decir que nunca he vivido una experiencia similar-animal en mi vida. Al escucharme, mi hermana y la guía vinieron corriendo pensando que me había ocurrido algo y ante la situación no pudieron contener las carcajadas. Suerte que la reja nos separaba, porque la anécdota hubiera tenido un final feliz para el burro y traumático para mi persona. 

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Imágenes reales de los compañeros del príncipe albino, el susodicho  aún no había hecho su grandiosa aparición.