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Sé que soy visceral, pasional, vehemente y en ocasiones con un carácter de mil demonios. Intento mejorar, y por suerte la edad te va dando la sensatez para atemperarte por el interés de cambiar lo que no te gusta. Pocas veces me pueden haber tachado de mala amiga, habré cometido errores como todos y si en el momento no me dicen lo que les molesta no puedo adivinar mentes. He cuidado, mimado y estado por mis amigos, en ocasiones el tiempo, las vidas dispares o simplemente madurar de manera distinta, separa los caminos sin volver a cruzarnos. Puede que haya decepcionado, pero siempre he sido clara y no he ido criticando a quienes quiero y aprecio. Durante mucho tiempo me costaba decir no, poder molestar o enfadar a mis amistades por no estar a su disposición y era un 24 horas de “amiga disponible”, cosa que conmigo algunas no fueron así. Se aprovecharon, me utilizaron, no respondían cuando necesitaba un simple “hola, ¿qué tal estás?” y yo consentía al quererles. He callado montones de confidencias, críticas, descalificaciones para no herir a terceros, sabéis el dicho “vale más por lo que calla, que por lo que habla”, me describe muy bien. Y he preferido que el tiempo desenmascare a esos farsantes, no soy nadie para quitar pedestales a quienes tienen mitificados. Me fastidia que duden de mi palabra, que crean que pueda exagerar o mentir, por bien o por mal explico las cosas tal cual, tengo muy buena memoria, y si mi comportamiento ha sido horrible, aunque avergonzada lo admitiré.
Cuando aprendes a quererte y a valorarte, descubres que tales amistades no lo eran y al principio dolía más, pero lograbas respirar hondo y apartarlas de tu vida. Ahora, duele, pero valoras a quienes te quieren y aprecian de verdad, y sigues con una sonrisa sin mirar un pasado que es polvo en el presente.

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Escuchaba un ruido, provenía del bolso, cogió el móvil silenciando la alarma, [visita con la neuróloga a las 12:00 p.m] ponía en el aviso de la agenda. -Uf, no me acordaba, revisión con esa estúpida, no sé ni para qué voy si pasa de todo- musitó mientras se mordía el labio. Aún quedaba más de una hora de trabajo, no podía concentrarse; esa mujer le sacaba de sus casillas por la frialdad e indiferencia que la trataba.

Llegó quince minutos antes, necesitaba relajarse antes de volver a pedirle por enésima vez que mirase si había algo nuevo para sus migrañas. ¿Un tratamiento, algún estudio? ¡lo que fuese! Demasiados años cancelando citas, trabajos perdidos, relaciones truncadas, perdiéndose importantes hechos, eventos de su gente.

Mientras seguía ensimismada escuchó su nombre: -Carla Valls, Carla Valls- dijo la enfermera de la Dra Garrido. Esbozando una sonrisa, Carla entró en la consulta saludando a ambas.

La Dra Garrido miró con desdén a Carla, un halo gélido las envolvía, parecía un duelo al amanecer esperando quien sería en disparar la primera bala. Se adelantó la enjuta, morena y de voz adorable, para un sordo, doctora -Sra Valls, ¿qué le trae por aquí?- mientras leía algo en su móvil, sin disimular el poco interés que le suscitaba la paciente. Carla respiró profundamente, no quería soltar ningún exabrupto, -Dra, necesito que revise mi medicación, no me hace efecto, los brotes de migraña son tres o cuatro por semana y estoy desesperada…- No dejó que acabase su argumento, cuando le respondió -Sí, sí, el mismo cuento de siempre, ¿por qué no se apunta a un gimnasio y deja de quejarse como una niña pequeña?- La cara de Carla enrojecía por segundos ante la ineptitud y pasotismo de esa engreída. Sin mediar palabra cogió su bolso y salió dando un pequeño portazo.

En el pasillo, sin acordarse que no estaba sola,  su lengua se desató ante la impotencia creada segundos antes; se dirigía al mostrador para dejar plasmada en papel una queja contra esa matarife de bata blanca cuando chocó con alguien. Musitó una disculpa brusca mientras recogía todos los enseres desperdigados por el suelo al caérsele el bolso. Una mano masculina le ayudó y sonriendo le dijo -Tranquila, todos tenemos un mal día-. Sin mirarle ella soltó -¡Más que un mal día, un mal médico! No entiendo que personas tan frías y maleducadas traten con pacientes-, seguía ofuscada en su vendetta mientras ese extraño comentó -Los neurólogos son muy excéntricos, viven en un mundo paralelo y a algunos les vendría bien sesiones semanales de risoterapia y empatía-  empezaron a reír y ahí lo vio, era igual que Jaime Lannister de “Juego de Tronos”, un hombretón rubio, muy atractivo y con una sonrisa de ensueño. Le agradeció las palabras mientras se despedía con un adiós gestual.

-¡Vaya hombre! ¿No ha sido una alucinación? Grrrr, he quedado como una estúpida…- Se dijo mentalmente mientras llegaba al mostrador, casi ni recordaba lo que quería decir, la había dejado embobada, sin ninguna neurona funcionando coherentemente.

Tras poner la queja a la Dra. Garrido, pidió un cambio de neurólogo. El administrativo que la atendió estuvo alargando el papeleo al insistir que dicha situación era complicada, no creía que hubiera una razón de peso suficientemente importante para realizarlo. Solicitó hablar con el responsable del centro y tras una hora de espera la atendieron en un pequeño despacho. Expuso sus años de calvario y su último desencuentro con la doctora. Contrariamente al de recepción, sin ponerle ninguna traba le indicaron que el cambio se realizaría en cuanto lo deseara, no era la primera paciente que se quejaba sobre la incompetencia y trato inapropiado de esa neuróloga.  Al volver al mostrador le dijeron que podía escoger entre una doctora y un doctor. Harta de misóginas feminazis (es contradictorio, pero era lo más suave que le venía a la mente al describir a la malhumorada y déspota morena metro y medio llamada “doctora”) se decantó por el Dr. Ramírez. Solicitó visita y casualmente esa misma tarde tenía consulta.

Se fue a comer y airearse un rato, total, ya había perdido todo el día y no le daba tiempo de poder regresar al trabajo. Su cabeza ardía, el dolor-presión en la nariz anunciaba que su adorada enemiga llegaba, cogió unas pastillas intentando mitigar la inminente migraña.

Dieron las seis de la tarde, un cuarto de hora antes de la visita. Preguntó por la consulta, era la número tres. Mientras se acomodaba en la sala de espera, volvió a ver al chico rubio con el que tropezó por la mañana y una sonrisa se dibujó en su rostro. Pasaron los minutos y el mismo hombre rubio, ahora ataviado con bata blanca la llamó por el nombre. -No es posible-, susurró Carla. Se dirigió a la consulta siguiéndole los pasos, una vez dentro él se presentó como el Dr Ramírez. Tras el saludo formal, ojeó el expediente de Carla, mientras hacía anotaciones y le formulaba alguna pregunta.

El pulso se le había acelerado, colorada por el reencuentro y su voz trémula no ayudaban a relajar el ambiente. -Dr, querría disculparme por el desafortunado tropiezo de esta mañana…,- El Dr Ramírez, la interrumpió dulcemente al decirle -No se preocupe Carla, conozco a la Dra Garrido y sé lo desquiciante que puede llegar a ser, ahora olvide lo sucedido y empecemos desde cero nosotros dos-. Carla estaba intrigada por las palabras que acaba de decir y sin cortarse un pelo, le preguntó -¿Hace mucho que trabajan juntos en este centro? Igualmente quiero disculparme por las desafortunadas palabras que dije sobre su colega, debería contener mis enfados y que nadie se vea afectado por ellos. Sé que puedo resultar grosera en esas situaciones. Muchas gracias Dr Ramírez.- Acabando dichas palabras con voz cálida a la vez que sonreía. Lo tenía claro: “Los y las pacientes con migraña prefieren a sus neurólogos o neurólogas rubios o rubias”, porque transmiten una calma y simpatía que los serios morenos no llevan en sus genes… Seguía en su mundo, al notar una mano que tocaba su brazo, y una voz preguntándole si iba todo bien.

-Llevo un día muy estresado, Dr…-

-Cristian, Carla, puede tutearme y si me permite haré lo mismo-

-Muy bien Cristian, llevo un día con mucho estrés, tengo la cabeza formando múltiples Big Ban y tiendo a dispersarme por no poder razonar coherentemente- Empezó a divagar entre pensamientos (-Quiere que lo tutee, qué hombre más agradable y simpático, ¿estará soltero? Basta Carla-, se dijo a si misma) y regresó a la conversación con el Dr, es decir, Cristian.

-Las migrañas no son nada fáciles de llevar, pueden incapacitar y entorpecer el día a día. Vamos a mirar que tratamiento se adapta mejor a sus síntomas.- Hizo una pausa y prosiguió contestando a la pregunta sobre la Dra Garrido, -Llevamos trabajando juntos siete años en este centro de salud, aunque nos conocemos de toda la vida, es mi hermana…-

-¿Qué?- Soltó Carla muerta de vergüenza, -¿Es su hermana? ¡Tierra trágame! Y yo soltando todas esas barbaridades, Cristian, siento mucho todo ésto, no sabía que era tu hermana. ¡Si tenéis diferentes apellidos!-

-Carla, no cambia nada, jajajaja- No pudo evitar reír tras ver la cara de circunstancia en ella al escucharle.-Somos hermanos de madre, a mi hermana no le gusta que nos relacionen. Es una gran neuróloga, pero el don de gentes nunca ha sido su fuerte. Durante estos años he acabado llevando a muchos de sus pacientes, estoy encantado con el trato directo, hacer seguimientos y ver si puedo mejorar la calidad de vida de los que venís a la consulta. No es normal en mi que de datos personales a un paciente, mas contigo desde esta mañana noté una conexión que pocas veces pasa…-

Carla estaba atenta escuchando todo lo que decía, riendo y gastando bromas al igual que él; parecía la charla de una primera cita entre dos personas que se gustan. La barrera entre médico-paciente se había cruzado sin buscarlo y al finalizar la visita, Cristian rellenó toda la documentación para que otra neuróloga siguiera tratando a Carla. A ellos les esperaba otro tipo de encuentros.

 


Sé que te quiero aunque a veces te aborrezca.

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Te quiero, desde siempre y desde nunca, el tiempo en lo verdadero no puede medirse, concentrarse en unas palabras, guardarlo como un objeto olvidado en el cajón.

A veces me desesperas, sin lograr entender los pensamientos que te rondan, esas actitudes infantiles e incoherentes. Cuando tu boca escupe bilis y veneno, sin contemplar lo hiriente que puedes ser. Teniendo el resorte de la paciencia roto con quien merece toda tu comprensión . Al no cumplir tu palabra y pospones por miedo a fracasar, boicoteándote, arrástrándote en relaciones sabiendo que son errores y te lanzas para destrozar una parte hermosa y única, a ti misma.

Pero luego reaparece esa parte tuya tan fresca, indómita, pasional que revuelve positivamente todo lo que toca. Resplandeciendo, luchando y tomando el control. Es cuando te vuelves invencible, sin importar cuantos obstáculos reten tu camino. Es ahí donde debes permanecer, donde florece tu mejor esencia. Risueña, pizpireta, inteligente, divertida, sabiendo escoger lo que es bueno para ti.

Te hablo a ti, a mi yo físico y real, observándote cada mañana tras lavarte la cara. Sé quien eres realmente y conozco hasta donde puedes llegar. Te hablo en estos momentos para recordarte que lo malo acaba pronto si decides avanzar y ahora cuando la calma es la que reina quiero que sigas avanzando, mejorando cada día. No permitas que nada ni nadie corte tus alas, ni bloqueen las metas propuestas, nada es fácil y abandonar es una palabra que debe desaparecer en tus actos.

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Por eso, te digo que te quiero, que te quieras y respetes. Sin olvidar jamás quien eres.

 


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Desde que tengo uso de razón siempre he intentado comprender, ponerme en la situación de mi gente querida al estar atrapados en arenas movedizas. Empatizando con sus problemas, poniéndome en su piel, usando sus zapatos para entenderles mejor y así, si estaba en mi mano ayudarles, además de tener mi apoyo y ánimo.
Pasan los años y tras echar un vistazo a lo vivido, me pregunto ¿cuántos se han puesto en mi piel? ¿cuántos han querido andar con mis zapatos para saber como me sentía? También he tenido mis propias guerras, decepciones, momentos muy oscuros donde casi me perdí. Donde me he vuelto casi muda con mis cercanos, refugiándome en pocos lugares acompañada de una placentera y aislada soledad. A pesar de ello, no rechazaba esas palabras que me abrazaban, de verdadera preocupación. Eran pequeños momentos de claridad en mi personal lucha.
Ahora, cuando la calma y la luz son las que reinan, veo sus caras y aunque pocas, siempre estaré agradecida por tenderme su mano. Ellos si que intentaron entenderme, apoyarme y darme el espacio que necesitaba para emerger y respirar de nuevo.

 

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Esta parte me cuesta ordenarla, será debido a que intenté borrarla y la memoria cambia las percepciones con la distancia. O quizás cuando se han visto triturados tus sentimientos, seguridades y confianza, los pedazos se diseminan en recuerdos entelados.

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Pasaron más semanas y me comunicaron que un grupo de personas realizaba una cena en mi ciudad, la mayoría de personas sólo se habían tratado virtualmente. Incluso ese chico que me lo dijo tampoco tenía casi comunicación conmigo, es lo que tienen las redes sociales, conectas y desconectas con muchos perfiles y algunos se convierten en personas al contactar día tras día. Coincidió que sólo conocía a una persona, bien, no iba a estar sola, pero al resto ni los había visto pulular en el mundo virtual. Crearon un grupo donde conocernos antes del evento, imaginad a unas cuarenta personas de diferentes puntos del estado, yendo a una cena a ciegas. Sería curioso e incómodo a la hora de encontrarse y saber con quienes tienes más o menos afinidad.

Aunque sea a través de una pantalla, siempre encuentras más empatía y afinidad con unos que con otros, será por las respuestas, sentido del humor, ni idea pero es lo mismo que cuando conoces en persona a alguien. Surge o no surge el feeling y forzarlo no sirve de nada, a la larga acaba desvaneciéndose.

Ahí se crearon subgrupos donde charlar sin que salieran tropocientos comentarios quedándose muchas respuestas en el limbo. Ves que son personas reales, con sus vidas, aficiones, neófitas en este tipo de encuentros. Se acerca la cena y surgen dudas, -¿para qué voy a ir? ¿ y si me aburro? Siempre puedo probar, ir a la cena y marcharme, total, tengo a un conocido con quien charlar.- En realidad nunca he sido amiga de aglomeraciones ni de reuniones multitudinarias, pero para todo hay una primera vez.

El buen rollo era palpable, me daba cierta tranquilidad y una posible ocasión para ampliar mi círculo de amistades-conocidos en mi ciudad. Con la edad, tus amistades están emparejadas y con hijos, es más complejo conocer a gente nueva. Un par de días antes el chico que me invitó a la cena, me llamó y fueron un par de horas de conversaciones con muchas risas, todo muy fluido, como si nos conociéramos. Hasta ese mismo día mi indecisión seguía en ir o no ir. Decidí arreglarme y llegar al punto de encuentro más tarde, estarían allí un par de horas antes de dirigirse al restaurante. La tarde se había vestido con lluvia fina y el frío no había anidado en la ciudad. Mis pasos eran raros, tímidos y al entrar en el bar varias personas se acercaron sonrientes a saludarme, estaba tímida y expectante, aunque por fuera no lo mostrara. Sonreía, charlaba mientras iba conociendo a todos los presentes, faltaba gente, y al ir a dejar mi abrigo en una silla él se acercó, nervioso, con timidez aparente y tras un abrazo me susurró, -Creía que ya no venías, has tardado mucho. Llevo una hora entrando y saliendo esperando verte-. Sonriendo, hice un comentario bromeando sobre ello, noté algo extraño, ¿química?, no sé explicarlo, pero me atrajo sin más…

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Seguía observando a todas esas personas, alegres, con ganas de diversión. Me pedí una caña, estaba sedienta, hablaba con unos, con otros y lo vi sentado, apartado del resto. Me dirigí hacia ese rincón y empezamos a charlar. Seguía tímido, pero receptivo, me buscaba con la mirada cuando me relacionaba con los demás. Salí a fumar y él me alcanzó antes de cruzar el umbral, intercambiábamos frases tontas, risas, quizás hablaba más nuestro cuerpo o nuestras miradas. Había una chica que no paraba de coquetear con él, pero se mostraba esquivo, cortante con ella. Dejándole claro que no estaba interesado. Ella empezó a mostrarse quisquillosa conmigo, ignoré su actitud, pasaba de malos rollos.

Llegó la hora de ir al restante, estaba a pocas calles del bar, diseminados en pequeños grupos nos desplazamos llenando las estrechas aceras con nuestro jolgorio. Al llegar teníamos una sala para nosotros con una mesa en forma de u y por afinidad fuimos cogiendo sitio, a un lado mi amigo y al otro él. En nuestra parte se sentaron todos los que más habíamos interactuado. Bromas, brindis, diversas salidas a fumar. Fotografías haciendo el bobo, no tenía mucha hambre y el alcohol asomaba quitándome la timidez.

Aquella chica seguía en su cruzada de palabras cortantes, miradas de asco y frases retadoras de una contestación que no llegaba por mi parte. La tenía en la fila de cara, a dos sillas de la mía, mas ignoraba su absurdo comportamiento. Intenté distanciarme de él, evitando acercarme en la mesa, al salir a fumar. En un cruce del pasillo, me cogió del brazo, -¿Qué te pasa? Pareces más distante, ¿he hecho algo que te moleste?-. Sonriendo, le respondí, -Creo que tienes algo con ella y no voy a meterme-. Él, me explicó, que habían tenido una pequeña historia, pero que al verse de nuevo ese día, por su parte ya no existía nada. Tras esas palabras seguí mi camino, aunque continué yendo a la mía.

La medianoche nos abrazaba y las ganas de seguir disfrutando eran candentes. Algunos se despidieron tras salir del restaurante y el resto nos dirigimos a un pub para continuar con la fiesta. Uno del grupo había reservado una parte del local, copas y chupitos más baratos. Bien, íbamos a ponernos en breve rato. Allí empezamos a interactuar con los que no coincidimos durante la cena. Canciones, brindis, frases incoherentes, risas sin parar, fluctuando las personas, las charlas. Nos buscábamos entre esas personas, intentábamos hablar en los momentos que nos quedábamos solos, mas no duraba de dos minutos esa intimidad. No importaba, me encontraba bien en ese sarao.

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Decidí salir fuera, necesitaba respirar y ver desde otra perspectiva el transcurso hasta ese momento. Entraban y salían, comentaban banalidades, risas aromatizadas por el alcohol. A ratos, veía absurda esa locura de encuentro, demasiada exaltación de simpatía y colegueo. Empezaban los coqueteos, las miradas cargadas de deseo y yo, seguía a la mía.  Miraba a unos transeúntes ebrios de alegría, de fiesta, de una noche sin fin, cuando me dijeron, -Aquí estabas, tenía ganas de estar contigo sin tanto bullicio-. Le miré y empezamos a conversar, coqueteando. Pero duró poco, uno de los chicos se nos unió y empezaron a contar anécdotas, chistes malísimos. Se acercó un vendedor ambulante de rosas, tras unas frases de canchondeo el vendedor me regaló una rosa. Las risas aumentaron, pasado un rato, entré dejándolos con sus paridas y volví a integrarme con los demás.

Llegaba la hora del cierre y los cuerpos pedían bailar un rato más. Empezamos a decidir, los que éramos de la ciudad, la discoteca o club donde dejarnos caer. En un momento que nadie nos miraba, nos separamos unos metros de ellos, girando la calle, empezamos a bromear metiéndonos el uno con el otro. Estábamos ausentes del resto, y tras un comentario fuera de lugar a mi persona, le di una suave bofetada. Él se hizo entre risas el mosqueado, pidiendo una compensación, un beso en la mejilla. Me hice la dura, riendo, negándome y al final por insistente se lo di. Aprovechó para girar su cara y robarme un medio beso. Nos separamos y lo miré sorprendida, mientras me acercaba al grupo. Quiso seguirme, pero aquella chica lo agarró del brazo acompañada de más gente, excusándose con la mirada seguimos andando.