El abuelo

Publicado: 4 junio, 2016 en (S.R.J.)
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Llevaba un par de años viviendo con su hija en una localidad de playa, para él demasiado húmeda, acostumbrado al microclima de su pueblo en un pequeño valle entre colinas. Una mañana la vida le dio un nuevo vuelco a su existencia: su hijo había muerto en un accidente de coche, dejando a una joven nuera viuda y dos nietos huérfanos de catorce y doce años. Decidieron que el pequeño se fuese  a vivir con sus tíos una temporada. Ahí la unión entre nieto y abuelo se empezó a estrechar. La temporada se alargó unos tres años en los que su nieto, un joven adolescente se metió en muchos líos, viviendo demasiado deprisa una vida que quería quemar.

Regresaron al pueblo, el abuelo no quería separarse de su nieto y se instaló en la casa de su nuera. Allí volvió a recuperar sus amistades, la antigua costumbre de jugar al dominó y dar unos largos paseos cuando el sol no era demasiado fuerte. Así pasó otro año más. Parecía que todo estaba más normalizado, aunque nadie vuelve a ser igual tras perder a un hijo, padre, marido. Nieto y abuelo se fueton distanciando poco a poco, la relación con su nieta y nuera tampoco era idílica. Justo a finales de agosto una nueva inquilina llegaría a la casa. Era la sobrina de su nuera, una jovencita algo caprichosa, rebelde, mala estudiante y catalana. Para alguien del sur resultaba muy exótica esa chica urbanita, no confiaba en ella, pensaba que sería una mala influencia para sus nietos.

Lorena, que así se llamaba la joven, llegó con una gran sonrisa y su acento finolis. Lo saludó abrazándole con fuerza y gran cariño, abriendo una luz de buena sintonía, mas el recelo aún seguía.

En ese hogar todo el mundo iba a su aire, estudiando los tres jóvenes, la nuera trabajando y llegando muchas veces bien entrada la noche, demasiadas horas de vacío. Él pasaba mucho tiempo solo, no era un gran conversador, sus nietos pasaban muy poco tiempo a su lado, les echaba de menos pero nunca decía nada.

Lorena era una chica responsable, al regresar del instituto y tras hacer tareas de casa, se metía en su habitación a estudiar. Era la que siempre estaba y la única que se preocupaba de prepararle almuerzo y cena cuando su tía no había cocinado.

Veía a aquel hombre mayor, sentado en la butaca esperando, siendo un mueble más del comedor. A ella se le partía el corazón, no lograba entender como pasaban así de él. Lorena nunca había convivido con sus abuelos, los cuatro fallecieron siendo muy niña, pero la actitud de sus primos le desquiciaba.

Cuando llegaba a casa, tras saludarle siempre le preguntaba, -Luís, ¿ha comido?- mientras se dirigía a la cocina y con tristeza veía que no estaba la bandeja con su comida. Luís, no quería ser un incordio y siempre respondía, -Catalina, ahora me cojo un poquillo de pan y un pero.- Lorena riendo le contestaba, -Luís, sabe que me llamo Lorena, ¿le apetece una sopita y una tortilla?, le sentará mucho mejor algo caliente y dormirá como un bebé.- Mientras cocinaba le daba conversación, se interesaba por su día y poco a poco se fue ganando el cariño de ese anciano.

Luís vio que esa chica era la única que se preocupaba por él, siempre tenía buenas palabras, bromeaba, le explicaba anécdotas de su ciudad y  de su nueva vida en el pueblo. Se metía con ella por su acento, para chincharla sin malicia. Lorena un día le preguntó, -Luís, ¿por qué me llama Catalina? – Él, con gesto serio y un poco burlesco contestó – Catalina es un nombre muy bonico, eres catalana y hablas muy raro para mi, chiflando las palabras-, Lorena no contenta con la respuesta siguió insistiendo. Luís sonriendo al final le respondió, -Primero lo hacía para hacerte rabiar, como diminutivo de catalana y ya me acostumbré, te sienta bien ese nombre, es dulce como tú.-

Lorena emocionada, le abrazó, sabía que ese abuelo la apreciaba de verdad, la quería como si fuese familia suya.

Una mañana todo era revuelo en la casa, prisas y nervios, Lorena tenía que regresar a su ciudad, su madre había enfermado. No era algo temporal, se marchaba para no regresar. En Luís algo se rompió mientras una lágrima rodaba por su mejilla, se iba la alegría, quien se ocupaba de él, aquella jovencita a la que consideraba una nieta más.

Llegó el momento de la despedida y Lorena tras decirle que se cuidara mucho, él le cogió entre sus manos la cara diciendo -Gracias Lorena, por devolverme la ilusión durante estos meses, por estar a mi lado sin tener obligación, por preocuparte. Deseo que tu madre mejore y seas muy feliz, eres muy especial, no dejes que nada robe esa alegría.- No pudo contener las lágrimas al abrazarle.

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