Anécdotas: Un día en París…

Publicado: 11 junio, 2015 en Sin categoría

Hace unos días encontré una pequeña libreta en la que había anotado mi extraño encuentro con París. Han pasado casi quince años y me apetece plasmarlo en este rincón.

Barcelona 7 de agosto,

11 am. Ha empezado el día un poco raro, ¡la puerta de casa no se cierra! Nos ponemos nerviosas, el grito en el cielo, mi hermana se ha cargado la pieza metálica que tapa las baldosas con la puerta, al sacar las maletas.

Nadie a quien recurrir, pleno mes de agosto, todo el mundo de vacaciones y un vuelo que nos espera.

11:35 a.m. Solucionado gracias a un destornillador, tenemos que hacer palanca para poder cerrarla y ¿ahora? Nos iluminamos y lo dejamos en el buzón.

Logramos ir al aeropuerto sin incidentes, salvo que nos sientan en la misma fila pero separadas por el pasillo. Aún daban comida en esos vuelos, pero resultó ser incomible, igual que su maravilloso café.

Llegamos al aeropuerto Charles de Gaulle, con una gran sonrisa nos dirigimos a recoger las maletas. Pasa media hora y por fin ¡ya salen!, observamos como una de ellas ha sido mutilada vilmente, le falta un asa. Vamos al punto de encuentro donde nos espera un chofer que nos llevará al hotel.

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Tras esperar tres cuartos de hora a otros viajeros y el trayecto por diferentes zonas de la ciudad, llegamos al maravilloso hotel Montmartrois (parece de cartón piedra y estamos en las afueras de París, o eso parece al no salir las calles en la guía que llevábamos de la ciudad). Vamos a mirar mientras preparan la habitación y sorprendidas decimos: “Mon Die, en vez de estar en París, nos hemos trasladado a un barrio de África y Ásia”, nos resulta chocante ya que los letreros no son en francés y el cambio de cultura es grande, es como si hubiésemos viajado a otros lugares más lejanos.

Regresamos al hotel y no hay botones, pero sí una maravillosa escalera de inacabables escalones. Podemos denominarlo “el maravilloso hotel Montmerdais”, nada que ver con el ofertado en la agencia de viajes, muy cutre, sucio y una minirecepción destartalada donde nos hacen esperar de pie otros veinte minutos más.

Ohhh por fin nos dan la habitación, al salir del ascensor parece que nos encontremos en un “puticlub”, paredes de color azul brillante con puertas rojas. Entramos en la habitación, pero de “Pin y Pon” de los veinte duros (ahora las de los chinos). Vaya no hay televisor, faltan toallas y cómo no, no está insonorizada. Para movernos lo hacemos con calzador, moviendo en plan “Tetris” la minimesa para abrir el armario o poder entrar en el baño. Ese lavabo alargado del ancho de una bañera, sin ninguna intimidad y cómo no, sin papel higiénico.

Nos dirigimos al metro y junto a la entrada vemos varios furgones de policía y varios policías con rifles u otro tipo de arma parecida en sus manos. Alucinamos ya que no sabíamos dónde nos habíamos metido, en serio, ¿es así París?

Vamos a la ventanilla y el taquillero era un borde maleducado, no nos quería vender la “carte orange”, un cuarto de hora para conseguir el abono de transporte (una cola inmensa a nuestras espaldas por el inepto del taquillero) y nada, pero un chico que hablaba un poco de español nos ayudó a conseguirla. ¡Gracias! Siempre hay ángeles que te salvan. Logramos coger el metro, queremos ir al Louvre, inesperadamente se para en un tunel con las luces apagadas durante cinco minutos, suerte que no tenemos claustrofobia jejejeje.

Por fin llegamos a la estación del Louvre entrando en ese maravilloso museo. Al salir decidimos hacer una ruta por ese barrio y al entrar en el Palais Royal, en las Columnas de Piedra de Daniel Buren, tropiezo con unas pequeñas luces del suelo, que no sobresaldrían más de un centímetro, me caigo de boca al grito de: ¡Rizos va! Había poca gente en ese momento, evité un gran ridículo.

Es la hora de cenar y regresamos a la zona del hotel, al salir del metro (era una estación diferente a la que cogimos en la ida), ¡sorpresa! No encontramos la calle ni la dirección del hotel, nos hemos perdido. Como tenemos hambre vamos a cenar, encontramos una pizzería al corte y comemos allí, deliciosas, parece que acaba bien el día.

Nos indican como llegar hasta el hotel y al ir de camino vuelvo a tropezar y esta vez me rompo el zapato. Grrrrr, mierda, me encantaban, estoy muy enfadada y a la vez empiezo a reír a carcajadas de lo absurdo y kafkiano que había resultado el día y le digo a mi hermana: “Mañana compro lotería porque seguro que he pisado una mierda”.

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Llegamos al hotel, primer día en París superado, ¿qué nos deparará el resto del viaje? Eso ya es otra historia para otro día…

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